Marcos Waller

“A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo,
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío.

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.” – Roberto Juarroz

Beach Cities, CA

El color de un atardecer tiene la magnífica tarea de recordarnos que aún en lo cotidiano, la belleza se manifiesta implacable. En las llamadas Beach Cities californianas, los vibrantes colores del sol cayendo compiten a diario por su lugar entre las bondades de la urbe y sus colonos.

En esta intersección, donde el beso creador pareciera no querer dar la espalda a sus ignotos competidores, los lugareños caminan a diario. Recorren el camino que ellos mismos abrieron entre el cielo y las estructuras de steel frame. Este cielo no es uno como cualquiera. Su ocaso funciona como un milagro arquitectónico, decorando los cristales y resaltando las trabajosas terminaciones.

Cruzando el último cordón hacia el norte, las Beach Cities se topan con una frontera que los pobladores se resisten a cruzar. Más allá de estos límites, columnas industriales y plantas de procesamiento se yerguen sobre la arena, avanzando casi hasta adentrarse en la ciudad de Los Ángeles. Durante algunos kilómetros, las inversiones inmobiliarias fueron olvidadas, cediendo así su celoso romance con el océano a las indignas labores de la industria.

Es en esta frontera purgatoria donde el camino -antes pulcro y cuidado- comienza a resquebrajarse. Las sendas peatonales son deglutidas por la erosión del viento y la mano suave de la estética californiana parece haberse dejado voluntariamente en proceso. Algo recuerda a un hotel de lujo: una puerta abierta dejándonos ver las entrañas de la bestia que nos contiene, mucho menos dignas de nosotros que los brillantes pasillos que nos son dados.

Aquí en USA, al menos donde vivo, cada una de las calles tiene su callejuela trasera, por donde entran los proveedores y se expulsa la basura, entre otras costumbres non-sanctas. Oportunamente, el pedazo de camino que se extiende desde el norte de las Beach Cities hacia la puerta de Los Ángeles parece tener cierto lazo familiar con estas prácticas. Un espacio designado a los servicios higiénicos que los transeúntes prefieren ignorar. Este camino nos muestra la estructura oculta de la belleza artificial, sostén absoluto y proletariat material.

Nada de lo nuestro se esfuerza para decorar la condición indigna de estos márgenes, que se saben insalvables. Es entonces cuando se evidencian sobre ello las bondades de lo alto. Indiferente a lo que lo espere y a las superficies que lo reciban, baña todo de color sin premeditar sus bordes, al igual que lo hace pasos al sur con las mencionadas maravillas de diseño. El beso creador se dispone entonces a recordar con su paso cotidiano las estructuras que, engañadas por la soberbia, se distraían olvidadas.